lunes, 1 de septiembre de 2014

ARTURO PÉREZ REVERTE Y SU "PATENTE DE CORSO": ES LA GUERRA SANTA, IDIOTAS.

Soy un lector del brillante periodista, reportero de guerra, escritor y "tocapelotas" (para mí, más bien un Pepito Grillo -en lo positivo- quemado porque "historia, testis temporum magistra vitae..." sirve solo para iniciar artículos y no para cumplirlos).
Sesudos historiadores, más la enorme caterva de periodistas que comen de lo público o de lo privado y que no dicen más que las imbecilidades que le pide su amo, sea el gobierno de un Estado o el dueño de un medio, no han podido hacer un análisis más preciso.

Pidiendo permiso a quien corresponda, y si no me lo da, lo siento, incluyo el último artículo de Arturo Pérez Reverte y su "Patente de Corso", del 31 de agosto/ 1 de septiembre de 2014. Probablemente mi única pega es no llevar al Tribunal Penal Internacional a quienes aplaudieron todo este movimiento; porque no se inicia ahora, sino cuando el escritor/periodista transmitía para la televisión pública. "De aquellos polvos, estos lodos", mi admirado escritor: Afganistán en tiempos de la URSS; Sadam Husein utilizando armamento químico contra los kurdos, con el aplauso de occidente -que le suministraba los químicos- porque luchaba contra Jomeini; aplausos a Jomeini porque acababa con el dictador persa... La primavera árabe para acabar con dictadores para crear nuevos... era la "crónica de un futuro anunciado".  Tenemos lo que nos merecemos... Y la cosa tiene un perfil negro, negro... -sin segundas-
Ah! Se me olvidaba: el gobierno de Estados Unidos no reconoce al Tribunal Penal Internacional, con lo que podrá seguir usando al Husein de turno, al Laden de turno... en función de sus pecuniarios intereses -repito, pecuniarios, porque "la pela es la pela" y "ande yo caliente y ríase la gente"-... y no se podrá culpar de criminales de una guerra creada también por ellos -o, al menos, alentada-. Y hay muchos: en la foto de las Azores (con el portugués, máximo mandatario de la UE,; el Presidente de Gobierno de España, Aznar; y el Presidente del país adalid de la democracia pero que no reconoce las organizaciones internacionales que le impedirían ser "el dueño del mundo"; reforzado luego por el "iluminado" ZP que nos sacó de una para meternos en otra, de Irak a Afganistán)... De los demás no hablo. "MALDITAS SEAN LAS GUERRAS Y LOS CANALLAS QUE LAS HACEN" dijo Julio Anguita cuando mataron a su hijo...
 Ahí va:

"Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».
Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».
Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».
A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros".